Doy mucha importancia a la fuerza, la honestidad y la fiabilidad, siempre he considerado que el enfoque y el propósito son parte mutuamente. Realizamos una investigación exhaustiva de sus parámetros arquitectónicos, con el propósito de lograr un resultado que aporte valor, equilibrio y autenticidad en cada detalle.
La construcción ha sido parte de mi vida ¡desde pequeño!, siempre permanecía cerca de una obra, solía ir con mi padre a hacer visitas, veía cómo funcionaba; íbamos a comprar materiales, escuchaba las conversaciones mientras él conducía. Proveedores, clientes o los mismos empleados. ¡Vamos que, sin querer, ya tenía una formación previa!
obteniendo conocimiento que me han ayudado a formarme y ganar experiencia ofreciendo un trabajo eficiente. Observé cómo dentro de la obra los albañiles pueden llegar a realizar la misma actividad, de diferentes formas, obteniendo el mismo acabado. Puede que algunos procesos sean más lentos o más rápidos, de una alta o baja calidad, pero en el proceso se destacó un valor en mí que lo llamaría “agregado”, mi fijación al detalle, la precisión, un algo “diferente”.
Lo que al ojo del cliente no es visible ¡pero gusta! darle el sentido a lo que podría ser un espacio en construcción que termina siendo un espacio perfectamente diseñado.
Hubo un día el cual no lo olvidare,
¡marco mi vida!
Estaba coordinando una obra y durante mis horas de trabajo, recibo una llamada del banco, en aquella llamada, el agente bancario me informa que la hipoteca que había solicitado para la adquisición de mi vivienda fue aprobada, me indica que la cantidad con la que me puede ayudar es la misma que cubre el valor de la vivienda más los gastos.
¡Allí estaba de pie en aquella obra! Por unos instantes con el móvil a la oreja, dentro de mi cabeza las ideas empezaban a dar vueltas.
¿Como voy a hacer la reforma de mi piso?
¿Quién me va a poder ayudar?
¿Con que dinero voy a poder hacerlo?
Así que allí estaba yo con un piso, pero sin tener ninguna idea para solucionar el problema de refórmarlo
Pensaras, que al dedicarme a aquello podría con mis propias manos realizarlo; y en parte es verdad ¡claro que lo puedo hacer!, pero había algo que me faltaba y era el ¡tiempo! Me vi afectado en mi trabajo, estaba despistado, no era capaz de organizar como lo hacía anteriormente, el cansancio me hacía irritable; ¡vamos que no podía seguir en ese ritmo!
Así que tomé la decisión de empezar a contratar gente que se dedicaba a la construcción toda su vida, para que reformara mi vivienda, mientras yo trabajaba.
comprendí que tenía que pagar a gente que no cumplía con las expectativas que me habían vendido. ¡No podía creer lo que estaba viviendo! ¡Era un caos, constantemente! Al final le das dinero a alguien para que ejecute un trabajo y empiezan con mentiras: “debe que ir a otra obra de urgencias”, “va a llegar más tarde”, “el compañero ha faltado”, todo esto lo viví durante muchos años y en buena parte estaba acostumbrado.
Comprar mi propia casa, pasar a ser el cliente que contrata a albañiles, ha sido una intensa experiencia que me ha llevado un año; aprendí a la fuerza y me di cuenta del esfuerzo que
se hace por conseguir una casa y acondicionarla.
Siempre hay alguien que no lo aprecia.
Todo esto afianzo mi exigencia en el proceso, como se debían entregar las cosas, ahora era más consciente de la expectativa del cliente, con una claridad en el propósito final “Transmisión de confianza, atención, proyección de nuestra visión, pero reflejando su petición, convirtiendo su expectativa en el reflejo de su emoción inicial y final” de esto recibimos su lealtad, confianza, constancia.
de interiores los colores blancos, gris y los acabados cromados. Esto generaba un estilo muy homogéneo entre las viviendas. En cuanto al aspecto técnico, la tecnología empezaba a ganar terreno en el sector de la construcción. Sin embargo, eran pocos los que se atrevían a incorporarla en sus procesos.
Yo lo tenía claro: debíamos apostar por la innovación. Era esencial para optimizar la gestión de la empresa y mantenernos competitivos, porque tarde o temprano, todos acabarían adoptándola.
para compartir mis observaciones y sugerir mejoras. Abordamos varios puntos, entre ellos la dificultad de algunos empleados para adaptarse a las nuevas herramientas digitales, y cómo eso afectaba la calidad del servicio que ofrecíamos. También hablamos de la percepción externa de la empresa: los clientes nos evalúan constantemente, y necesitábamos diferenciarnos del resto, no ser uno más del montón.
Surgió entonces la pregunta clave: ¿no deberíamos ejercer un mayor control sobre la gestión de la empresa?
Uno de los mayores desafíos fue encontrar el momento adecuado para hablar de estos temas. Nuestros horarios eran incompatibles y, cuando coincidíamos en la oficina, las interrupciones eran constantes: llamadas de clientes, presupuestos pendientes, pagos sin abonar. Como resultado, nuestras reuniones se aplazaban indefinidamente y las decisiones se retrasaban.
Aunque ambos sabíamos que había que hacer cambios, a mi jefe le costaba invertir en soluciones tecnológicas que consideraba un gasto innecesario. Para él, el beneficio se generaba exclusivamente en la obra y en presupuestos ajustados. Un servidor en la nube, un software de gestión o incluso una página web le parecían lujos prescindibles.
No obstante, era evidente que necesitábamos un cambio de mentalidad. No podíamos recibir a los clientes en un espacio que no proyectaba una imagen profesional. Nuestra oficina no reflejaba quiénes éramos ni hacia dónde queríamos ir.
Las empresas con las que nos reuníamos contaban con instalaciones modernas, equipos bien organizados y herramientas digitales. Nosotros, en cambio, no teníamos nada de eso. Personalmente, me avergonzaba mostrar esa cara de la empresa.
Intenté por todos los medios convencerlo de la necesidad de invertir en mejoras. Pero siempre encontraba un obstáculo: “¿Quién va a introducir los datos en ese programa?” o “La contabilidad está bien como está”.
También rechazó cambiar de oficina con el argumento de que “funciona lo que tenemos”. Sentí que mis esfuerzos no estaban siendo valorados y que la empresa se estaba quedando estancada.
Finalmente, después de muchos meses sin avances, noté que mi rol dentro de la empresa empezaba a diluirse. Ya no se contaba conmigo como antes y fui apartado de varios proyectos sin explicación clara. Esta distancia me llevó a replantearme muchas cosas. Hasta que un día,
tras finalizar la jornada, le dije a mi jefe, mientras íbamos en su coche: “Ha sido un placer trabajar contigo, pero siento que nuestros caminos
se separaron hace tiempo. Es momento de seguir adelante”. Me preguntó si pensaba seguir en el sector. La respuesta fue rotunda: sí. Quiero emprender
en la construcción, pero desde una visión distinta. Deseo demostrarme a mí mismo que los quince años de experiencia no han sido en vano, que puedo
liderar una empresa que apueste por la tecnología, el control de procesos, precios justos y transparencia.
No reniego de la construcción, al contrario: le estoy profundamente agradecido.
Es el lugar donde crecí profesional y personalmente.
Por eso, crear mi propia empresa es también una forma de retribuirle lo que me ha dado.
Los desafíos de la vida son los nuevos comienzos de las oportunidades. Trabajé el doble para demostrar que no era un capricho. Aprendí a base de errores, invertí cada centavo, perdí el sueño… pero también crecí.
Poco a poco, mi proyecto fue tomando forma. Pasó de ser solo una idea en mi cuarto a convertirse en una empresa real, con oficinas, empleados, y clientes que confiaban en mí; ser una persona versátil me dio la capacidad de gestionar varios proyectos, los cuales fusioné, generando una empresa que presta múltiples servicios.
Mi propósito es
construir una organización moderna, que inspire a otros, que forme a sus trabajadores, que apueste por la eficiencia, y que sea un modelo para las nuevas generaciones.
El sector necesita evolucionar, porque, aunque la pala con mango de madera no haya cambiado en dos mil años, nosotros sí debemos cambiar.
Los desafíos de la vida son los nuevos comienzos de las oportunidades. Trabajé el doble para demostrar que no era un capricho. Aprendí a base de errores, invertí cada centavo, perdí el sueño… pero también crecí.
Poco a poco, mi proyecto fue tomando forma. Pasó de ser solo una idea en mi cuarto a convertirse en una empresa real, con oficinas, empleados, y clientes que confiaban en mí; ser una persona versátil me dio la capacidad de gestionar varios proyectos, los cuales fusioné, generando una empresa que presta múltiples servicios.